Cuando Lina Valencia llegó al distrito Aguablanca de Cali, un conjunto marginal donde gente sin un peso construía algo que llamar casa, todos se sorprendieron de que, como un sabueso, fuera de un lado a otro buscando, buscando. “¿Qué busca mamá, vistas?”, preguntaba Claudia, su hija, mientras se hacía a la idea de que ese sitio abandonado de la mano de Dios, donde lo único abundante era la miseria, iba a ser su hogar y no Pereira, nunca más Pereira.